Archivo para octubre, 2010

Hadannashop

Posted in Uncategorized on 28 octubre 2010 by Sel

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Galones

Posted in Uncategorized with tags , on 22 octubre 2010 by Sel

Virginia no recordaba porqué llevaba un traje de buzo en mitad de una habitación pero recordaba perfectamente que su padre le había dicho: “no te muevas de aquí hasta que yo llegué” y ella no pensaba desobedecer a su padre.
Cuando superó el asombro por ir vestida de buzo en mitad de un almacén vio gente que entraba y salía cargada de cajas de cartón o madera que colocaban en las estanterías sin pararse a mirarla.
De pronto notó que el suelo se llenaba de agua y los hombres que antes cargaban cajas salieron corriendo sin decirle qué pasaba, pero ella no debía moverse bajo ningún concepto así que espero.
A su izquierda vio un hombre con barba y pelo canososos, ojos negros y con otro traje de buzo pero diferente al de ella. Le recordaba a esos armatostes antiguos que salían en algunas películas y que le recordaban a las novelas de Julio Verne. Al menos no llevaba uno de esos cascos redondos que parecían más de astronauta que de submarinista. Pero lo que más le llamaba la atención es que llevaba galones, su padre le había explicado varias veces a qué categoría correspondía cada uno pero a ella no le interesaba mucho así que no prestaba atención.
Pero sabía que esos galones eran de Capitán, ¿o Coronel? En cualquier caso era algo que empezaba por C pero no recordaba qué.
Era muy tímida y no solía hablar con extraños pero ese hombre parecía que ni la había visto y ella empezaba a ponerse nerviosa porque su padre tardaba en llegar así que se presentó.
“Hola, soy la hija del Comandante Tepes (nunca les decía su nombre porque intuía que sólo les interesaba saber por quién estaba allí). Estoy esperando a mi padre, pero tarda mucho en llegar…”
“La radio…” dijo ese hombre que continuaba sin mirarla pero ahora señalaba cerca del techo un aparato viejo y lleno de polvo en el que ella no se había fijado.
Tampoco había prestado atención al nivel del agua que seguía subiendo, se dio cuenta de que el traje del hombre empezaba a inflarse porque no era totalmente impermeable. Normalmente era una persona muy tranquila pero esta situación empezaba a asustarla, añoraba la calma de estar con alguien conocido y poderoso como su padre que la hiciera sentirse protegida.
“La radio…” seguía repitiendo el hombre mientras señalaba.
Virginia tenía el agua por encima de la cintura y a pesar del traje notaba que estaba helada lo que la hacía tiritar sin remediarlo. Sin entender porqué la hacía trepó la estantería y se acercó a la radio. Había un cable que parecía haberse soltado, lo enchufó y empezó a oír una voz en un idioma extraño que no comprendía. Hubo un golpe repentino que la hizo perder el equilibrio y caer hacía atrás.
Se despertó en el sofá del despacho de su padre que estaba inmerso en sus papeles y ni siquiera se había dado cuenta de que tenía los ojos abiertos. Aunque se alegró enormemente de volver a verle se contuvo (al Teniente no le gustaba las muestras de cariño, le parecían un signo de debilidad). Sentada en el sofá sin quitarse todavía la manta que la mantenía en calor susurró un débil: “¿papá?”.
Su padre la miró sin mostrar ninguna expresión en la cara y volvió al trabajo. Ella volvió a insistir, “papá, ¿no estás orgulloso de mi?” Su padre no levanto la vista esta vez pero sí que respondió: “¿y por qué iba a estarlo?”.
“Me dijiste que no me moviera hasta que llegaras y estuve esperándote aunque los demás se fueron. Menos mal que había allí otro hombre que tampoco se fue, me dijo que fuera a la radio y entonces…”
“¿De qué estás hablando? ¿Es otro de tus cuentos para excusar tu actitud? No sé cómo llegaste a la bodega pero me desobedeciste, estábamos en un barco del siglo XIX que acababan de rescatar, solicitaron mi presencia porque necesitaban una presencia militar en la investigación civil. Te pedí que me esperarás en el embarcadero y no sé cómo apareciste en la bodega poniendo en peligro la investigación al destrozar varias estanterías y una radio única, ¿de qué tengo que estar orgulloso?”
“Pero, papá” grito ella desconcertada “yo no me moví, te esperé como me pediste y trepé porque ese hombre…” “¡Ya he oído bastante!” la interrumpió su padre levantándose, “seguramente leerías en algún sitio la historia de Edward Smith y te pareció divertido gastar una broma, no sé cuándo madurarás”

Oh Capitan, mi Capitan

Posted in Uncategorized on 22 octubre 2010 by Sel

¡Oh Capitán! ¡Mi capitán! Nuestro espantoso viaje ha concluido;
El barco ha enfrentado cada tormento, el premio que buscamos fue ganado;
El puerto está cerca, las campanas oigo, toda la gente regocijada,
Mientras los ojos siguen la firme quilla de la severa y osada nave:
Pero ¡oh corazón! ¡Corazón! ¡Corazón!
Oh las sangrantes gotas rojas,

Cuando en la cubierta yace mi Capitán
Caído, frío y muerto.

II

¡Oh Capitán! ¡Mi capitán! Levántate y escucha las campanas;
Levántate —por ti se ha arriado la bandera— por ti trinan los clarines;
Por ti ramos y coronas con cintas— por ti una multitud en las riberas;
Por ti ellos claman, el oscilante gentío, sus ansiosos rostros a ti se vuelven;
¡Arriba Capitán! ¡Querido padre!
Este brazo bajo tu cabeza;

Es tan sólo un sueño aquél en la cubierta,
Tú has caído frío y muerto.

III

Mi Capitán no responde, sus labios están pálidos y quietos;
Mi padre no siente mi brazo, no tiene pulso ni voluntad;
El barco se encuentra anclado sano y salvo, su viaje concluido y terminado;
De una horrorosa travesía, el barco vencedor, viene con un objeto conquistado;
¡Regocíjense, oh riberas y repiquen, oh campanas!
Pero yo, con lúgubre andar

Camino la cubierta donde yace mi Capitán,
Caído, frío y muerto.

Danzad malditos, danzad

Posted in Personal, Reflexiones y divagaciones on 11 octubre 2010 by Sel

Una mañana más Marianela salió de su modesto apartamento, siempre le pareció irónico que unos apartamentos tan oscuros, pequeños y humildes estuvieran anexionados al mejor hotel de la ciudad. De todas formas nunca coincidía con los otros, los que entraban por la gran y luminosa puerta del hotel. Ella sólo podía ver la espalda y el patio trasero donde se cruzaba sólo con ojos tristes y caras grises. Suspiró y camino mirando hacia bajo, tan ensimismada en sus propios pensamientos que tropezó con otra transeunte.

Subió la mirada para disculparse y sonrió sin darse cuenta al ver a una linda muchacha. Iba perfecta, tenía el pelo brillante y recién arreglado; llevaba un precioso vestido de gasa verde que combinaba perfectamente con una graciosa flor natural que había utilizado para hacerse un precioso collar. Marianela se sonrojó y se sorprendió cuando esa perfecta dama le sonrió de vuelta antes de seguir su camino.

Era un detalle al que la mayoría de la gente no le hubiera dado importancia pero a ella la lleno de un agradable sentimiento de calidez, se estiro y siguió caminando con una actitud diferente.

No había terminado de cruzar el patio cuando escuchó una orquesta. ¡Qué día tan sorprendente! Se sintió inmediatamente atraída por la música y se dirigió hacía el sonido de las trompetas y los tambores casi corriendo. Tuvo que para porque se vio envuelta en un grupo de gente elegantemente arreglada, apuestos caballeros y encantadoras señoritas la miraban con el ceño fruncido aunque no decían una palabra.

Quería salir de allí, estaba fuera de lugar y se daba cuenta de que molestaba, que nadie la quería allí. Pero cuanto más intentaba salir más roces y golpes daba a los demás. Ya no podía ver a la banda, ni las vallas que limitaban el patio trasero del hotel, no sabía donde estaba la salida ni qué hacer.

Cerró los ojos y respiro profundamente. La música que sonaba la lleno y comenzó a bailar en espiral con esa calidez que le había provocado la primera sonrisa del día. Con los ojos chispeantes de alegría  se hizo un hueco entre las filas de bailarines y comenzó a danzar con ellos. Para su sorpresa, ya nadie se fijaba en ella, nadie destacó que su vestido no era de seda y que sus zapatos estaban gastados, que iba despeinada (como siempre) y que al limpiarse la última lágrima de la mañana se había dejado un rastro del sucio trapo que utilizo.

Sin embargo, no podía danzar con libertad. Tenía un libro en las manos, no podía soltarlo porque de él dependía su futuro (o eso pensaba). Pero el libro era pesado y no le permitía libertad de movimientos. Hizo el amago de depositarlo en el suelo pero había mucha gente que podía pisarlo y ella no podía perderlo de vista.

Incapaz de decidir cogió aún más fuerte su libro con una mano apoyándolo con su cuerpo y con la otra se sujeto la punta del vestido para bailar lo mejor que podía, nunca había sabido renunciar ni priorizar.